Del cielo a Madrid. Cuatro.

Resumen del capítulo anterior.

Una jornada muy productiva para nuestros personajes. Verbena y siesta —nadie advirtió al bueno de Pocho-late de los riesgos de la limoná—, y tarde de misión cumplida para Barbara, y un recogimiento muy peculiar en un recinto sagrado. 

Mas aún queda San Isidro por delante… ¡Y llegan refuerzos!

—¡Vaya una rubia guapa, y una morena que quita el hipo! Y una panochita que no está nada mal! Pero que nada, nada…

»Venirse conmigo, guapas, que nos lo vamos a pasar chipén de la chachi los cuatro por ahí.

»Y tú, pájaro, vente tú también. Muy arrimao te veo a esta pollita pelirroja ¿Es tu novia?»

Yo estaba perdido con aquel tipo. No entendía nada del español que hablaba. Ni de las palabras que decía, ni de cómo las decía. Mi traductor se volvía loco, en vano. Debía de ser alguna jerga local…

—¿Tu noovia, entonces, perillán? ¡Tú sí que sabes, macho! Esas tetitas, ese culete… ¡De un bocao me la zampaba entera, chaval!

»Pero tú, de cristiano, ni papa, ¿eh? Tú, guiri como estas».

Y se me echaba encima, me daba golpes con el codo en el pecho y se reía en mi cara, atufándome con su aliento a alcohol. No dejaba de hablar de  cosas que yo no…

—Llevo un ciego guapo, ¿sabes coleguita? El Pringui, mi camello, me ha pasado un perico de puta madre esta vez. Colombiana de pura cepa. Poco cortada.

»Y bar que he visto abierto por el camino, parada y fonda. Ballantine’s con Coca Cola p’a mi cuerpo serrano. ¡Joder, si he perdido la cuenta de cuántos llevo! Menos mal que los meo bien».

Y yo, claro, sin enterarme de nada. ¿Qué tendría que ver su madre con una mujer que vende sus favores sexuales por dinero? ¿Y un perico, o sea, un pájaro, con Colombia, que es un país? ¿Y un camello en medio de Madrid? Lo del ciego guapo tampoco me lo explicaba. No identificaba a ningún invidente alrededor.

—Pues mira que me lo hacía con las tres. Sí, señor. Un helado al corte de tres gustos, como cuando era chaval, qué rico. 

»Pero oye, no me lo tomes a mal, ¿eh? Que esto que te digo es de hombre a hombre. Tú tranquilo, que Hilario Sotomayor —o sea, menda— es un caballero. A tu chati, ni tocarla. Ahora, que a las otras dos les tiro los tejos, fijo. ¡Que hoy mojo, chaval! Que voy como una moto». 

Me pegó un manotazo en la espalda que por poco no me tiró al suelo. Llamé a Barbara para pedir ayuda.

Yo estaba tan a gusto con Carrie y Miranda, charlando de nuestras cosas, cuando oí a Pocho decir mi nombre, y de reojo vi que el tipo que estaba hablando con él le sacudía un manotazo en la espalda que lo hacía tambalearse. Salté como un muelle:

—¡Hey, mister! ¡Tú no toca a mi novio!

Me sentí confortado cuando vi a Barbara que se nos echaba encima toda digna y feroz. Y sus amigas con ella. Me recordó imágenes formativas de las conductas defensivas con las que las hembras del planeta Tierra defienden a sus proles.

—¡Haiga paz, prenda, que toíto p´a ti!

«¡Anda, coño! Americanas… ¡De puta madre! A ver si consigo que se les baje el cabreo, que muy encendidas las veo. A ver si con unas copas…»

Easy, ladies, easy! —Mira qué bien va a venirme el inglés que aprendí en Georgetown en mis tiempos de universitario— Que sois lo más bonito de Madrid…

»Me llamo Hilario, Hilario Sotomayor, para serviros».

—¿Jilario?

Jilario o lo que tú quieras, morenaza, ¡Faltaría más!

»¿Y vosotras? What are your names, please?

—Yo soy Carrie. Mi amiga rubia es Miranda. La otra, Barbara, y el chico que está con ella…

—Sí, a ese ya le conozco. Nos hemos hecho amigos antes, ¿a que sí, colegui? Muy ocupado está con su chochete.

»Y ahora que nos conocemos…Want some fun? ¡Venga, sí! Vamos a pasarlo de vicio.

»Y tú tranqui, panochita… Aquí tienes a tu chavalote, entero y verdadero.

»¿Unas cervecitas para regar el patio? ¿Y unos güisquitos para quitarles la inocencia, ya me entendeís?»

¿Regar un patio con cerveza? Estos humanos tienen unas ideas… Bueno, ellos sabrán. Yo aquí, del brazo de Barbara, a donde me digan.

—Es aquí cerca. Un sitio muy chulo. A ver monadas, ¿cómo os llamabais? Tú, rubita, eras Carrie, ¿no? Ah, que no. ¿Miranda, entonces? Pues venga, Carrie y Miranda, enhebrando que es gerundio.

Sí que es bonito el sitio. Una taberna de estilo antiguo con la fachada de madera roja y negra, y azulejos por todas partes. Y es un bar de estilo irlandés. ¡Qué curioso! ¿Te gusta, Pocho-late?. Nada, este está alucinando con los dibujos de los azulejos.

—A ver, ¿qué cerveza queréis? ¿Negra o roja? ¿Roja para todos, entonces? Y los chupitos, ¿no?

»Voy a pedir dos rondas, porque falta poco para la hora de cerrar, y no vamos a quedarnos colgados, ¿verdad?»

Y aquí estamos, bebiendo cerveza y whiskey (una sorpresa; está muy rico) en unas mesas al aire libre a la puerta de la taberna, con unos taburetes altos en los que se sientan Miranda, Carrie y este tipo raro que se nos ha unido. Yo estoy recostado contra la fachada de la taberna, y Barbara recostada sobre mí, cara a cara, sin dejar de besarme y pasarme la lengua por el cuello entre trago y trago de cerveza y chupitos de whiskey. Carrie, Miranda y Jil hablan animadamente. Yo no tomo parte en sus conversaciones. Si no es la lengua de Barbara dentro de mi boca son sus dedos remojados en licor. Así no puedo hablar bien. Ni español, ni inglés. Ni siquiera pocholiano. Las amigas de Barbara sí que están animadas con ese hombre que dice que se llama Hilario. 

—¿Qué es ese sombrero que llevas, Jilario? Deja que me lo pruebe

—Es un sombrero de Don Hilarión, mi tocayo de “La Verbena de la Paloma”. ¿No conocéis esa zarzuela, monerías? Muy típica de Madrid. Hay unas coplas que se sabe todo el mundo: “Una morena y una rubia…” ¡Mira! Como vosotras.

»Y el gorro… he pasado al lado de un puesto, y tenían sombreros como estos y parpusas, las gorras como la que lleva el chavalote que va con vosotras. Me he comprado un sombrero porque me ha parecido más original. ¡Aquí todo el mudo va con la misma gorrita!

»¡Oye, qué bien te sienta, con ese pelazo moreno! Así de lado, con picardía. Y ese ojito que me guiñas… ¡Que me pierdo, Carrie, que me conozco y me pierdo!

—Hombre guapo y elegante. Me gusta estar pegada a ti. Así.

«¡Joder! La tía se me refriega como una gata en celo. ¡Está que arde! Un par de copas más, y a saco.

—Carrie, no lo sobes tanto, que acabamos de conocerlo, tía

—Es que me gusta, Miranda… Mira, mira qué mentón tiene… mmmm.

—Eso es porque no te has fijado en lo que hay por aquí…

«¡Jo con la rubia! ¡Qué escote, madre mía! Me ha plantado las tetas bajo las mismas narices! ¡Y vaya par!

»¿Qué hace con la priva?»

—Este whiskey está realmente rico. ¿Quieres probar, Jil? toma, toma… De un trago… ¡Buen chico!

«¡Que no puedo tragarlo, leche!»

—¡Uy! Se te sale de la boquita. Menos mal que estoy aquí para que no se desperdicie.

«Está de la olla la rubia. Menudos lametones me pega. Un poquito más, Miranda querida, que si me tocas los labios con tu lengua, yo…»Y ahora, la tal Carrie que se pone a tocarme por todo el cuerpo… ¡Chicas, por favor!»

—¡Miranda, Miranda, mira qué pectorales!.. Dinos Jil, ¿qué te gustaría que hiciéramos esta noche?  A mi amiga y a mí nos encanta jugar, y no nos importa nada compartir juguetes… Es más, gozamos mucho.

«Aquí hay material suficiente para dos chicas. Esas tetillas, con esos pezoncitos ricos. ¡Mira! Les gusta que los pellizquen. Prueba, Miranda.

—¡Hummm! Estas muy rico, tio, muy bueno … ¿Sabes que pensar en tenerte tumbado y jugar contigo me pone mojadita. Si no fuese por los vaqueros ajustados te lo enseñaba… Esos muslazos macizos, todo ese músculo. Me empapo, Jil, me empapo.

—Barbara cariño, no sé qué vais a hacer vosotros, pero a Carrie y a mi este tipo nos está poniendo muy malitas… ya sabes. 

«¡Malitas! ¡Qué jeta tienen estas amigas mías! Míralas, ahí tan pegadas al tal Jil que parece que no dejan pasar el aire. Y sin dejar de sobarlo y meterle mano.

«Bueno, yo porque tengo a Pocho, que si no, a saber.

«¡Anda, la hos…! Tímidas, lo que se dice tímidas, no son. ¡Joder con las prójimas! 

»Hilario, tú esta noche, doble de pastillita azul. Si hay que morir, se muere. Pero con las botas puestas. ¡Al lío!»

—Chicas, ejem… Yo… Si queréis… —«¡deja de sudar, hombre!»— Bu, bueno, que podemos seguirla en mi casa. Tengo una casa grande en un sitio muy tranquilo. En la Moraleja, en las afueras. Para nosotros solos.

Con piscina climatizada, por si os apetece bañaros , y una bodega con más de mil botellas de vino… Tengo el coche aparcado aquí cerca. ¿Os animáis?

—¡Ay, sí, por favor! Cuídanos, Jil, que nos estamos poniendo muy malitas…¡Fíjate qué caliente me he puesto de repente. Con la mano, así por debajo de la camiseta… ¿A que se me nota un montón?

—¡Grave, muy grave! Al coche ahora mismo, y cagando leches para casa. ¿Vosotros, tortolitos?

—Eso. ¿Vosotros?

—¿Nosotros? Nosotros nada, Miranda. Pocho y yo nos vamos al hotel. Mañana el vuelo sale muy temprano y hacer la maleta me llevará un rato.

—Bye, entonces, Barbie.

—Bye, Carrie. A ver, paso un momento al servicio y nos marchamos. ¿Pocho-late me acompañas? Se me va un poco la cabeza ya…

—Barbara, ¿por qué se frotaban Carrie y Miranda la tripa? ¿Les duele el estómago?

—Ya te explicaré. ¡Venga, mueve el culo, que no tenemos todos el día!

Barbara me lleva de la mano al aseo de señoras. Las chicas de la Tierra usan colonia, pero sus baños huelen igual de mal que los de los machos. También están sucios. Igual.

Mi humana me conduce hacia dos puertas que hay al fondo: dos reservados con inodoro. Escoge una, y nos metemos dentro. Me lanza contra una pared. No deja de besarme mientras se desabrocha la blusa. ¿Sexo otra vez? ¡Qué bien!

—¡Muérdeme, Pocho, que estás de dulce! Vamos, cómeme la boca…

Yo, que ya le voy cogiendo el gusto a esto, le como la boca, la oreja, el cuello y los hombros, mientras le acaricio el cuerpo con las manos. Sobre todo, los pechos. ¡Mira que me gusta tocarlos!

—¡Muérdeme! ¡Vamos, muérdeme! Que esta noche…

De pronto se me vienen a la cabeza las palabras que nombran las partes que me gustan de un cuerpo femenino, y me entran unas ganas tremendas de empezar a recitarlas y morder las de Barbara allí mismo. Pero entran otras dos chicas en la cabina de al lado. Se las oye hablar a la vez que un chorro de orina borbotea sobre el agua del inodoro:

—¡No se lo están pasando bien, ni nada, aquí al lado!

—¡Ya te digo, colega! ¡Dale lo suyo, chaval!

Yo no entiendo muy bien qué dicen, pero a Barbara parece darle un poco de vergüenza, y se separa un poco de mí. Me pone un dedo sobre los labios, y empieza a abrocharse la blusa. Me dice en voz baja:

—Después, en el hotel, sigues…

—¿En el hotel? En el hotel te voy a morder lo que tú quieras. ¡Te voy a comer enterita, chavala!

En la cabina de al lado se oyeron aplausos, risas y gritos de «¡Bravo, machote!»

En esto de los vuelos oceánicos, no hay nada mejor que alcanzar la velocidad de crucero y dejarse ir durante varias horas mientras la aeronave te conduce de vuelta a tu origen. Hay una relajación profunda, un cierre de capítulo, un deseo de reencontrarse con los olores y colores de tu tierra, de tu gente, de tu casa.

Miro al asiento contiguo. Mi compañero, con antifaz, duerme descuidadamente. Piernas entreabiertas, relajadas, que le dan un aire de  indefensión casi infantil. Respiración profunda y laxitud en todo sus músculos, boca entreabierta… La noche fue corta. Tengo cuerpo de desierto infinito y no paro de pedir agua al auxiliar de vuelo. Mi cabeza no quiere pensar. Repaso visualmente a mi acompañante. Su antebrazo reposa y ocupa todo el reposabrazos. Dibujo un corazón con mi índice entre su vello y pienso que los pocholitas merecen una oportunidad. Esta vez sí. Comerme a su primo estuvo bien, pero a Pocho-Late prefiero conservarlo cerca de mí, dentro de mí, quién sabe por cuánto tiempo… Mis amigas lo entenderán.

Mis amigas… SMS de Carrie. «Jil tiene unos vinos estupendos para acompañar carnes. Nos quedamos con él hasta la cena… por lo menos».

Bueno, quizá no lo entiendan. Es igual. Ya lo pensaré mañana, como dijo Scarlett O´hara.

FIN

Carmen Villarejo y Miguel Gómez. Junio de 2021.

2 comentarios sobre “Del cielo a Madrid. Cuatro.

  1. Acaba el sainete, ¿empieza la leyenda?
    Enorme, enorme placer trabajar contigo, hechicera de las palabras. Tu asiento de las colaboraciones tiene un cartel de «Reservado». Solo tienes que llegar, quitarlo y sentarte.

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