Parpadeos de Cordura. ¡Grande, Catalina!

Humanidad de armario de dos cuerpos, sumatorio de centímetros de estatura y perímetro abdominal, de kilos y cosas suyas. Catalina Grande. A Patricia Arribas, psicoterapeuta, todavía le maravilla su capacidad para encajarse en un rincón y decirse mesilla.

—Una telefonera. ¡No te enteras, Arriberas! —responde indignada su paciente.

Vale, sí. Ya se lo había dicho. Telefonera. Pero no estaba la mente de la doctora Arribas para esas delicadezas. Mesilla, o telefonera. ¿A quién coño le importa la diferencia?

A Catalina Grande, claro. Ella lo convierte todo en una cuestión capital, una forma de clamar por atención. Su atención. Atención exigida y rápida. La volubilidad y agilidad del pensamiento divergente de Catalina convierten cada sesión en un ejercicio de adaptación, de supervivencia de la propia cordura. Un esprint permanente desde que ella deja brotar su primera ocurrencia, su primera impresión. Una carrera de fondo corrida a ritmo de velocista que acaba con Patricia exhausta al final del tiempo disponible, boqueando por unos minutos de descanso.

Que hoy no tendrá. A la habitual justeza del tiempo de atención a los pacientes, se suma la baja de su colega de turno Santiago Bermúdez —¡vaya momento ha elegido para partirse una pierna por tres sitios haciendo barranquismo!—, que ha doblado de golpe la cantidad de casos que atender y reducido a prácticamente la mitad el plazo para hacerlo.

 Con la agenda recalentada, Patricia lleva fatal cualquier contratiempo en aquellos que requieren un trato más delicado. Como Catalina. Por seguir pensando en términos de mobiliario, una gestión inapropiada de su demanda de atención puede, literalmente, dejarla hecha astillas.

Catalina es un punto y aparte en la relación de sus pacientes. Imaginativa, soñadora, vacilona. En condiciones normales, sería una excelente compañía para ir de copas y hacerse unas risas. Pero está muy lejos de esa estabilidad aséptica y deseable. Puede estar eufórica y lúcida, hasta que le sale el lado frágil, por cualquier nimiedad, y su enormidad tiembla como gelatina entre hipidos y sollozos. «¡Menos mal que le da por ahí!», se dice la doctora. Si se pusiese iracunda, no sería cosa fácil bregar con esos noventa kilos que declara —en su ficha pone ciento doce— en un arranque de fiereza.

Se frustra Catalina con cierta facilidad, y las frustraciones sacan a la luz una mente que se niega a madurar, inocencia y urgencias de niña en sus ojos brillantes y en su voz temblorosa. Que le hacen refugiarse en la encarnación de objetos inanimados que ni sufren, ni padecen. Objetos que se cierran sobre sí mismos, y no traslucen al exterior más dimensión que la que ella tenga a bien mostrar. Tomado el caso de los muebles a través de los que se manifiesta hoy, abrir sus puertas y cajones puede ser una tarea que requiera mucho tiempo y paciencia. Patrimonio impensable hoy para la doctora Arribas.

«Y la puta intervención que no suelta un chavo para suplencias… En fin, mejor me lo tomo con calma».

—Tú verás, Cata. No nos queda mucho tiempo. ¿Hablamos, o me dedico a quitarle el polvo a la telefonera?

Catalina se pone en pie, y se estira todo lo larga que es. Pasos de dinosaurio —¡bum, bum!—, se llega hasta el escritorio de la psiquiatra desde el rincón en que se agazapaba.

—¡Jo, Pati! No aguantas una broma… —se ríe, con ganas y carcajadas de resonancia pueril: caca, culo, pedo, pis—. ¿De qué voy a ser yo una telefonera con este cuerpo serrano? Mírame bien, anda. Mucho estudio, y mucha palabrería, pero no sabes distinguir un taquillón de una telefonera.

»Lo que quieras. Tú mandas».

Muy ingeniosa, sí. Pero no es momento de jueguecitos, ni adivinanzas. ¿Qué carajo es un taquillón? Apenas quince minutos por delante. Patricia Arribas decide tomar el mando de la situación.

—¿Hablamos de cosas importantes, entonces?

—Sí, doctora. Para eso estás aquí, ¿no?

—A ver, Cata. Explícame entonces qué es un taquillón. Pero bien explicado, ¿eh? Que yo pueda verlo con los ojos de la imaginación y saber cómo actuar —le dice a su paciente, mientras su mano derecha busca el espray de Pronto y la bayeta que guarda en un cajón de su mesa.

«Telefonera o taquillón, de aquí hoy sales niquelá, mona».

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