Parpadeos de cordura. Eugenio, en su isla


—Los días de lluvia son los peores. De largo. Me da por acordarme de mi isla, y el mundo se me viene encima.

—¿Llueve mucho en tu isla? Yo pensé que no…

—No, no doctora. Apenas llueve. Aquello es casi un desierto. Uno o dos días de temporal en invierno, y pare de contar.

»El resto del tiempo, sol y calor. Temperaturas mínimas de veinte grados, y máximas en torno a los treinta. En verano, claro. Cosa de los vientos de África, ¿sabe? Es un viento que viene del Sáhara, el Siroco, que cuando sopla calienta el aire, y lo seca. Se come la humedad del ambiente, ¿sabe? Como una puta esponja. Cuesta respirar. Y en la piel… ¡Uf! En la piel es como papel de lija.

»Por culpa de la arena. Viene cargado de la jodida arena del puto desierto. Que lo pone todo perdido de polvo. Hace que llueva barro, los pocos días que llueve… La puta arena…».

—Bueno, Eugenio, bueno… Tampoco es necesario que te pongas a decir tacos.

—¡Ay, lo de los tacos, y el autocontrol! Voy jodido, ¿verdad? ¡Uy! Ya se me ha escapado otro. Cuesta, cuesta con esta puta cabeza que tengo.

»Para usted será muy fácil, doctora Arribas. Llega por la mañana, se pone la minga de bata blanca esa y, ¡magia! Ya está protegida. Contra las bacterias, contra los gérmenes de nuestra locura.

»Debe de dar mucho aplomo, eso de llevar una coraza. Pero los que vamos a pecho descubierto… Los que vamos a pecho… ¿De qué estábamos hablando?».

¿De qué estaban hablando? O, más bien, ¿de qué estaba hablando Eugenio Aroca? De su isla, de África, del desierto. De un viento que lija la piel y seca el aire.

—¡Ah, ya! De mi manía de decir tacos a todas horas —recapituló el interno, a su manera.

«Las palabrotas». Sí, mejor empezar por lo más reciente antes de que empezase a desvariar. «No lo olvides, Patricia. Lo más reciente, primero». Reciente y concreto, que, si no, se perdía por las ramas…

—De tacos, Eugenio, sí. De tu costumbre de decir palabrotas cuando…

—Sí, sí. Claro. Palabrotas… Si pudiese fumar, tomar una copa de vez en cuando. Ya no digamos echar un polvo. Un buen polvo, quiero decir. De los de antes de estar medicado hasta las patas. Ahora, con tanta pastilla, el sexo…

—Tacos, Eugenio, tacos… —La doctora Arribas exhaló un sonoro suspiro. ¡Cómo costaba mantener a este hombre centrado en un tema! Si al menos el discurso de Eugenio no fuese tan lógico, tan bien hilado…

—Tacos, sí. Son un desahogo, ya sabe. Pero es que en días como este, de lluvia, me acuerdo de mi isla, y…

La doctora miró por la ventana. Un sol de primavera brillaba en lo alto del cielo alcarreño. «A ver quién convence a este tipo de que no ha salido de Guadalajara en toda su puñetera vida», pensó por un instante, para, a continuación volver al plan que venía fraguando desde hacía un rato: en la hora libre que tenía a continuación, iba a salir corriendo hacia el primer chiringo de playa y tomarse un mojito como Dios manda. Frente al mar. Y que le diesen por ahí al siroco.

2 comentarios sobre “Parpadeos de cordura. Eugenio, en su isla

  1. Todos tenemos una isla, a la que nos escapamos o nos gustaría volver. Estupendo relato con un diálogo fluido que me conduce a la reflexión, no hay bata que proteja a nadie de una locura, de un deseo, de una escapada. Intercambio. ¿Quién hace de quién luego? . La cordura va y viene como el Siroco. Ahora tú, después yo. Estupendo primero del año. Un saludo

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    1. Muchas gracias. Es un gustazo ver todas esas preguntas y reflexiones generadas por este relato. Da mucho ánimo a seguir en la brecha, explorando y proponiendo. No que decir tiene que me siento más que agradecido por tanto elogio. Celebro mucho que lo hayas disfrutado, Karmen2021. ¿O ya eres Karmen2022? 🙃😄

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