Bajo la nieve

—Estas piernas ya no son lo que eran.

El pensamiento ha brotado irrefrenable de mis labios, fonemas que se hacen vaho en este atardecer gris de invierno.

—Demasiadas voces que me dicen: «Tienes que intentarlo. No puedes quedarte parado. Poco a poco»… Sé que lo dicen con la mejor intención, pero, ¡qué coño! ¿Es que no me ven? ¿Saben lo que me cuesta dar esta mierda de paseo, que antes me hacía en diez minutos?

»¿Se creen que va conmigo lo de quedarme sentado todo el día? ¿Lo de no hacer nada que me obligue a estar de pie más allá de un par de minutos?

»¡Ni hablar! Pero este dolor…»

Este dolor me remolca a un banco. Voy a descansar un rato, antes de seguir camino. 

Alguien se ha dejado un periódico en el banco. La curiosidad me puede, y lo cojo. Voy pasando hojas —lo de siempre. ¡Vaya mundo, este!—, hasta que en la sección de «local» un titular me llama la atención:

«Encontrados los cadáveres de dos hombres en el Parque de la Estación al fundirse la nieve».

Empiezo a leer, para enterarme de que se han encontrado los cadáveres de dos varones yaciendo en el suelo del parque, uno sobre otro, al lado de un banco, al retirar los últimos restos de la nevada caída…

«¡Vaya manera de robarme el momento, la tuya!

Tú, tu soledad de pasajero que se baja del último tren de la noche. Las zancadas para salvar una capa de nieve que ya llega a los tobillos. El esfuerzo de subir la cuesta de la estación, la prisa por llegar al hogar después de una jornada de trabajo interminable, ¿no?

»Dime, con tus últimos alientos, entre tus quejidos de dolor, ¿eres ese que digo?

»Me tocaba tener la mente ocupada en otras cosas. En las que me importaban. El amor, la familia, los amigos. Los libros, la música, las películas de mi vida. Las que vi, y las que protagonicé.

Los paisajes velados por las nubes y la noche. El mar… Ese mar tan lejano y azul de mi último recuerdo.

»Y tú viniste a romperlo todo. El silencio, mi imaginación, la noche».

—Oiga. ¿Está bien?

«No, no estaba bien, pero no era tu problema; no te importaba. Ya no me importaba ni siquiera a mí mismo. Era mi decisión, estar allí sentado en el banco en mitad de la plaza vacía. Estupefacto en medio de la nevada. Haciéndome estatua poco a poco. Copo a copo».

—¡Oiga! ¡Oiga!.

«Tú no lo sabías —¡cómo ibas a saberlo!—, pero yo ya estaba marchándome. Parte de mí se había ido ya.  Era cuestión de poco tiempo que mi luz se apagase del todo. Lo anunciaban el sopor, la respiración que se hacía trabajosa, el corazón que perdía latidos».

—¿Qué le pasa, hombre? ¿Por qué está aquí? ¡Muévase! Va a quedarse congelado.

«¿No leíste en mis ojos que todo me daba igual? Estaba allí para morir. El letargo inducido por las pastillas, la congelación. No volvería a ver la luz del día. Aceptado el gran adiós. Solo, como un animal viejo que esconde su agonía. Ni te necesitaba, ni te quería a mi lado. “¡Vete!”, te habría dicho si mi voz hubiese obedecido a mi mente. Pero mi voz ya se había apagado. La boca entreabierta para buscar una pizca de aire más.

»Tampoco respondió para advertirte del peligro que se te venía encima. No debiste de oír cómo, vencida por el peso de la nieve acumulada, se desgajaba una rama del abeto que tenías sobre la cabeza. Su sonido me llegó a un sentido que ya había abandonado mi cuerpo, pero pasó desapercibido para ti, tan empeñado como estabas en sacudirme y reanimarme.

»Yo no te quiero de compañero de viaje. No quiero escuchar esos lamentos, cada vez más débiles, mientras tu vida le echa una carrera a la mía, a ver cuál se marcha primero. Yo quería estar con mis recuerdos, mis sonidos, mis imágenes para este momento. Tú no pintas nada. ¡Que te jodan, buen samaritano de las narices!».

«…uno de los fallecidos tenía el cráneo aplastado por una rama que se desprendió de un árbol por el peso de la nieve acumulada. El otro cuerpo no presentaba signos de violencia. A falta de lo que determine la investigación abierta, parece ser que falleció de congelación u otra causa natural».

Un banco bajo un abeto en un parque cerca de la estación. Como este banco, este abeto y este parque. La estación, ahí abajo, a la vista.

Dos individuos.

Un periódico de la semana que viene abandonado en el banco. «La gente… ¡Qué cosas se deja tiradas!»

La nieve. El primer copo acaricia mi nariz con su beso húmedo y gélido, hermoso en la levedad de su peso, y en la brevedad de su existencia. Las nubes no auguran nada bueno. Mejor sigo mi camino a casa, aunque me maten las jodidas piernas, y me quito de en medio. Por lo que pueda pasar.

LA CREACIÓN EN OCHO CÓMODOS PASOS. JORNADA CUARTA

4. LA CREACIÓN. JORNADA CUARTA 

«Luminarias, entonces. Veamos».

Se enfrentaba Yahvé a un problema considerable. Lo de ser eterno y omnisciente le daba una visión de conjunto del tiempo como un todo. Pasado, presente y futuro convivían en su cabeza de forma armónica. Bueno, quizá no tan armónica. Es decir, que de pronto podía presentarse ante él una visión del futuro, por ejemplo, pero lo hacía de una forma evanescente, poco concreta. A fin de cuentas, aún estaban por crear quienes se encargarían de inventar y perfeccionar tantas cosas.

Viene esto a cuenta de las dificultades que experimentó cuando se puso a crear las luces que alumbrasen el mundo que estaba empeñado en crear. ¿Luz de día, o luz cálida? ¿LED o halógeno? ¿Y esas preciosas arañas, con sus piezas de cristal que reflejan los colores del arco iris? Aunque una regleta de focos orientables también es práctica…

En resumidas cuentas, que nadie se crea que Sol, Luna y estrellas están ahí por capricho o casualidad. Fueron frutos de un largo proceso de reflexión. Bueno, eso es una verdad a medias. Veremos por qué.

Cuando un creador se siente creador, no se anda con chiquitas. Pone toda la carne en el asador, y exprime su talento hasta la última gota. Yahvé ese día se sentía cachas. Lo de «¡Hágase la luz!» tocaba un resorte muy íntimo de su amor propio. Eso, y lo de «todopoderoso» lo henchían de autoestima.

Total, que decidió empezar por lo más gordo: el Sol.

«Una bola de fuego en lo alto del cielo… ¡chupao!».

¡Ja!

A ver, que la providencia divina atesorase en su acervo los hallazgos e invenciones no quería decir que, necesariamente, los manejase con total maestría. Lo de bola, bueno. Era un concepto intuitivo que él había aplicado al crear el mundo —posteriormente llamado «Tierra»—, y le resultaría muy útil, como veremos un poco más adelante. Los problemas surgieron al llegar a fuego. A ver, ¿qué era el fuego? ¿De dónde se lo sacaba si faltaba la intemerata para que se inventasen los mecheros desechables? Pues de un rayo, claro.

¿Y dónde encontrar un rayo?

Grecia, monte Olimpo. Zeus se hizo el estrecho, y tuvo que rogar y rogar para que le prestase uno.

Bueno, pues con el rayo en su poder le entró un dilema moral. Si para hacer fuego tenía que lanzar el rayo contra uno de esos árboles tan majos que acababa de crear, y hacerlo arder… ¡Menudo creador que estaba hecho! Por suerte, él mismo, terminado su ratito de meditación, desatascó la situación:

—¡Anda! Una jabalina.

Y ni corto ni perezoso tiró el rayo, como si fuese de dibujos animados, contra un tronco que, claro, empezó a arder. Como el fuego en las miradas que se dirigía a sí mismo mientras veía cómo se regocijaba ante el espectáculo de las llamas.

Pero bueno, el daño ya estaba hecho. Ya tenía el fuego. Ahora, a moldearlo en forma de bola. Fácil, fácil.

Ja, de nuevo.

A ver, ¿quién ha amasado fuego alguna vez? Pues a Yahvé, al principio, tampoco se le dio, mira por dónde. Pasaría un rato bien largo, bajo su atenta mirada, hasta que, a fuerza de soplar, aquello adquiriese una textura moldeable.

El primer resultado, no nos llamemos a engaño, fue un poco decepcionante. Una cosa no mayor que una pelota de playa. Una bola ígnea, sí, pero pequeña. Y hueca.

—¿Y con esto voy a iluminar un mundo? —se preguntó un poco decepcionado.

—Oye, ¿y si…?

—¡Claro! ¿Cómo no se nos ha ocurrido antes?

—Eh, eh, que yo iba a decirlo…

—Anda, calla y sopla, que aquí hay mucho que soplar.

Y en eso casi se les fue el resto de la jornada. Cuando ya casi estaba hinchado a reventar, lo soltaron, y aquel astro salió volando hasta colocarse en el sitio que le correspondía en lo alto del cielo. Una luminaria totalmente convincente. Además, resultó en una obra de estilo minimalista que iba con todo.

—Y ahora, la Luna.

—¿Cómo sabías que iba a llamarla así?

—Por favor… —En su rostro especular vio una sonrisa un poquito condescendiente—. Pienso una cosa. Si va a ser la luz que marque la noche, que es cuando todo bicho viviente, o casi, dormirá, no hará falta que sea tan potente como el Sol. ¿No crees?

»Además, que la hora de chapar se viene encima, y no va a quedarse una tarea a medias, con esa agenda tan cargada que tienes… tengo… tenemos».  

—Tienes razón. Mira, se me ocurre una cosa.

»Como el mundo es como una bola —cogió una piedra de forma redondeada del suelo, que parecía dejada allí a propósito—, puede pasar esto: que el Sol vaya moviéndose a lo largo de la superficie (*). Si sincronizo la Luna con él, puede hacer el efecto de un espejo».

—Espera, espera. ¿Espejo? ¿Qué es «espejo»?

—Es un cristal o algo pulido que refleja la luz y la imagen.

—No lo pillo…

—A ver. Mírame. ¿Qué ves?

—A ti.

—A mí que soy tú, ¿no? Pues ese es el principio de un espejo. Lo mismo que vale para las imágenes vale para una fuente de luz.

«Entonces, la Luna va siguiendo al Sol, hace de espejo, refleja su luz, y proyecta una claridad suficiente sobre la parte del mundo que haya quedado a oscuras».

—¡Brillante!

—No tanto como el Sol, pero valdrá, ya verás.

»Anda, échame una mano. Hay que buscar una zona de piedra que sea lo más clara posible. Blanca, a poder ser».

Una vez encontrada una veta mollar de cuarzo blanco, lo que siguió, fue cosa rápida. Extraer un pedazo de buen tamaño, pulirlo en un abrir y cerrar de ojos, y ponerlo en el cielo de un puntapié (prebendas de la divinidad).

—Queda guapa, ¿qué no?

—Ya lo creo. Mucho.

»Oye, ¿y el resto? ¿No me digas que no quedarían bien unas estrellas en este cielo nocturno? Formando constelaciones, galaxias…».

—¿Unas pocas?

—¡No! ¡Millones!

—¡Uf! ¡Qué pereza…!

—Espera, que se me ha ocurrido algo.

Arrancó una rama de una retama que estaba un poco chuchurría, la mojó en un charco donde se reflejaba la luna, y a hisopazos que se lió, salpicando el oscuro cielo de puntos de luz.

—Ahí lo tienes. ¿Qué te parece?

—Que eres un artista… Soy… Somos… Muy bonito. Una gran idea.

»Pero, ¿no te parece que se nos ha hecho tarde».

—Sí, quizá un poco. Pero ha valido la pena, ¿no?

—Ha valido la pena.

Y se quedó un ratito aún mirando un cielo cuajado de estrellas, mientras el monje lector pasa la página en la que se lee que ha terminado la cuarta jornada.

(*) No es que Yahvé sea un geocentrista irredento, sino que hasta Nicolás Copérnico (1473-1543) el heliocentrismo no tuvo mucho predicamento.

Blues del ascensor

El estridente contraste entre el estilo Art déco de la decoración de este edificio en el que trabajo con las vestimentas y actitudes de las personas que por él transitan, hace que cada día se incremente mi sensación de ser un dinosaurio en un ecosistema equivocado.

Ascensorista en estos tiempos. Si no soy el único superviviente, poco debe faltar. Todos mis antiguos colegas han sido jubilados, despedidos o reconvertidos a otras tareas cuando los edificios en los que prestaban sus servicios han pasado por remodelaciones y los ascensores originales han sido sustituidos por piezas modernas, automáticas, asépticas, que cualquiera puede manejar.

Si yo sigo al pie del cañón es gracias a la terquedad del señor M, propietario del edificio, que se resiste a los cambios como si en la conservación de las cosas en su estado original radicase el secreto que frenara los estragos de su edad. Pero mis días están contados, lo sé. Tanto como los suyos. El morirá, habrá un nuevo propietario más permeable a las voces que piden reformas y yo seré… Bueno, ya veremos qué pasa conmigo.

Mientras, vigilo que el número de viajeros no sobrepase el máximo indicado por el fabricante —lo que me cuesta alguna discusión en las horas punta— y los llevo arriba y abajo en unas larguísimas jornadas. Cada uno con su historia, de la que a veces no puedo evitar hacerme partícipe, a pesar de lo poco profesional que es esa conducta.

Hace unos días me ocurrió un episodio con una mujer. Joven, de unos veinticinco años. Y guapa, debo decir. Una chica morena, discreta en la forma de vestir, maquillaje y arreglo personal, pero con una elegancia y un atractivo naturales. Entró en el elevador apenas abrí la puerta, y se colocó en un rincón de la caja, sin dejar de hablar con su teléfono móvil.

No se apeó en ninguna de las plantas, ni a la subida, ni a la bajada. Ni levantó la vista del suelo mientras hablaba.

Ni lo hizo en los siguientes viajes, mientras mi ascensor recogía a los trabajadores a pie de calle y los repartía por sus oficinas durante el horario de entrada al trabajo.

Ni dejó de hablar y mirar al suelo cuando, pasado el frenesí inicial de la mañana, sobrevinieron las horas de aburrimiento, sentado en el taburete al lado del ascensor, en la planta baja, mientras esperaba nuevos viajeros.

A mi pesar, captaba palabras o frases sueltas de su conversación. Los años de profesión me han enseñado a oír sin escuchar. Soy un elemento más del ascensor, como la botonadura o los plafones del techo que mantienen la misma luminosidad mortecina a cualquier hora del día. Pero con esta mujer no supe reprimir del todo mi curiosidad. Quizá fuese su tono —quejoso, suplicante, atormentado— lo que me hizo empezar a hilar su discurso.

Todo apuntaba a una tentativa desesperada por buscar una reconciliación con un tal Will —repitió su nombre numerosas veces—, con expresiones que iban desde reproches, de los que se retractaba a los pocos segundos, a ofrecimientos de rendición ocasional. Con pasajes marcadamente íntimos por medio de los que, ustedes perdonarán, no podré dar detalle como caballero que soy.

Pasaron los ajetreos de la hora del almuerzo —salidas y regresos— y la vorágine del final de jornada, y ella seguía ahí, intentando ablandar el corazón de piedra de Will.

Ya había caído la tarde y solo quedaban algunos rezagados esperando mis servicios, cuando su teléfono empezó a emitir los pitidos que indicaban que se agotaba la carga de la batería. Eso hizo que su tono se volviese más perentorio. Hablaba más rápido, y sus argumentos se hacían más y más desgarrados.

Hasta que una sucesión de pitidos cortos anunció el fin de la batería.

La joven se quedó mirando estupefacta al terminal, ahora inservible, como si no pudiese dar crédito a lo que sucedía. Mientras, su voz articulaba «Will, Will, Will…» en tono descendente hasta apagarse, y quedar todo en un movimiento de sus labios mudos.

En un momento, levantó la mirada del suelo, y la dejó vagar por el espacio del ascensor, con una mezcla de terror y desorientación. Le pregunté si estaba bien, o necesitaba ayuda de algún tipo. Con el sonido de mi voz pareció volver a asomarse a la realidad.

—Sí… No… Sí… Ya, ya… —dijo mientras superaba el espacio que la separaba de la puerta, tres pasos apenas.

Pero, al llegar a mi altura, se derrumbó. Se arrojó a mis brazos, y hundió la cabeza en mi pecho. Casi a la vez, daba rienda suelta a su dolor con un llanto feroz y sincopado, repitiendo, entre hipidos: «¡Me ha dejado, me ha dejado!»

Poco pude hacer por aliviar su pena, más que murmurar algunas palabras amables en tono suave cerca de su oído y darle algunas palmaditas cariñosas en la espalda. Si hubiese tenido mi teléfono móvil encima, se lo habría prestado para que hubiese insistido en su tentativa de hacer reconsiderar su postura al tal Will. Pero el aparato me esperaba, desconectado, con la ropa de calle en mi taquilla de los vestuarios de personal, en el sótano del edificio. ¿Qué sentido tiene cargar todo el día con un móvil, si en el interior del ascensor no hay cobertura?

LA CREACIÓN EN OCHO CÓMODOS PASOS. JORNADA TERCERA

Yahvé no solo era todopoderoso. Además, era imaginativo e ingenioso.

Visto el panorama allá abajo, todo inundado del agua de la fuga del día anterior, decidió que «si no puedes vencerlos, únete a ellos». O, en otras palabras, que serían el orgullo de cualquier coach: en el problema vio una oportunidad.

«Vale que está todo perdido de agua. Que, o tienes una barca, o no vas a ningún sitio. Pero, ¿a dónde ir, si no hay sitios a los que ir? Pues si no hay, se crean.

»Además, el agua aporta un toque decorativo. Los paisajes acuáticos son chic».

Y con ese ánimo tan positivo, y su maña inherente, empezó a crear tierra. Islas y continentes. Una tierra muy apañadita, no solo por sus formas imaginativas, sino porque, mentalidad previsora la suya, a medida que creaba el suelo, lo dotaba de las infraestructuras básicas para lo que pudiese venir: alcantarillado —lo de la inundación lo había marcado, sí—, las canalizaciones para los servicios de electricidad, gas, telefonía, etcétera.

Cuando paró a mediodía, lo más gordo estaba hecho. Aquí las aguas, aquí la tierra. Sin embargo…

«Está un poco desolado esto, ¿no?», caviló. «A ver, piensa: ¿qué se podría hacer para adecentarlo?»

Era la hora del almuerzo, y sentía un poco de gusa. Se le antojaba el frescor de una ensalada. El crujido de las hojas de una lechuga romana al morderlas, el sabor entre ácido y dulce de un tomate Raf maduro. Pero no existían, claro. Aunque…

«¡Eureka! Si no existen es porque no quiero»

Lo de la lechuga y el tomate fue coser y cantar, y en nada estaba menenando el bigote, feliz con sus hortalizas. Se dijo que era una pena que aún no se estilasen la sal, el aceite y el vinagre para aliñarla, pero tampoco podía ponerse pijotero con los detalles. «Seguro que con el tiempo se inventarán», se consoló.

Con el apetito de ensalada satisfecho, se le ocurrió que «verde que te quiero verde». Y fue cubriendo el paisaje terrestre de árboles, plantas, sembrando césped por aquí y por allí. Lo hizo con gusto, ha de admitirse, como si se hubiese empollado la colección entera de Gardens Illustrated. De manera que para el final de la jornada, además de toda la vegetación del mundo mundial, había creado un despiporre de términos que compilar en un diccionario de jardinería y botánica: arriate, parterre, pradera…

Visto que aquello iba cogiendo un aire, decidió despertarse, y mostrarse los progresos hechos.

—Sí, la verdad es que te ha quedado resultón el tema de la vegetación —se dijo mientras reprimía un bostezo—. Muy bonito aunque…

¿Por qué siempre tenía que ponerse alguna pega? ¡Dichoso perfeccionismo!

—Aunque, ¿qué?

—Pues que podía lucir más, creo. Esta luz que tenemos es poco agradecida. Seguro que se me ocurre algo, campeón. Y que le pones nombres bonitos además, que tú eres muy piquito de oro. En tus manos lo dejo, que voy a hacer un ratito de meditación.

Y adoptando la asana de la flor de loto, se desconectó como solo él sabía hacer.

Concluyó Yahvé que había sabiduría en sus palabras. Que lo de fiar el final de la jornada al reloj biológico —porque no los había ni de pulsera, ni de sobremesa, ni de cuco— podía tener sus fallos. Y lo de seguir iluminándose con luz de obra era una cutrez manifiesta.

Necesitaba mercarse un dos por uno. Una carambola que solucionase el tema de la iluminación, y ayudase a establecer ciclos temporales básicos. Se ocuparía al día siguiente.

«Pero que me quiten lo bailado hoy», se dijo mientras admiraba el trabajazo que se había marcado.

Silbando una melodía no inventada, cerró la cancela del jardín recién creado, y se volvió al cielo a descansar. Fin del tercer capítulo.  

Sucedió en Madrid

La muy noble, muy leal, muy heroica, imperial y coronada villa de Madrid fue testigo de diversos fenómenos extraordinarios que causaron gran pasmo a lo largo de cinco meses. Estos portentos recibieron amplia y puntual atención informativa a su aparición. Aunque —¡signo de los tiempos!—, la mayor parte del eco que despertaron se debilitaría con el paso de las fechas, reduciéndose su huella a breves reseñas en los anales de la ciudad y en el recuerdo de sus habitantes. 

El primero fue la aparición de una figura cruciforme flamígera, un aspa, que se iluminó sobre el cielo de la Plaza Mayor un viernes de principios de diciembre, a una hora de la tarde en que el mercadillo de artículos navideños estaba muy concurrido. Las reacciones de los presentes abarcaron una amplia gama de sentimientos, desde el miedo hasta el éxtasis, siendo el asombro el principal. El propietario de un negocio de filatelia sito en la misma plaza, que salió a la puerta de su tienda intrigado por el vocerío del exterior, aportó una nota cultural al suceso al identificar la visión como una cruz de Borgoña, según criterios heráldicos y vexilológicos: dos troncos aspados a los que no faltaba el detalle de los nudos de las ramas cortadas. Por causa de su gran tamaño y aparatosidad, fue bautizada La Borgoñona por el pueblo presente, y ese se convertiría en su alias mientras el prodigio se dejó ver.

Desde la dramática revelación celeste, en la ciudad se registró un revuelo de muy considerables proporciones durante las horas que estuvo luciendo. A medida que la noticia corría por los medios y las redes, la mitad de la población que no estaba ya en la zona, decidió que era un buen plan acercarse a verla. Como al día siguiente era sábado, mucha gente no tendría que madrugar. El resultado de ese movimiento de masas fue el colapso del tráfico rodado y del transporte público hasta más allá de las dos de la madrugada —hora a la que el aparente espejismo se esfumó en el cielo negro de la noche—, y abundancia de peleas o conatos, discusiones y niños perdidos. Los agentes de la Policía Municipal, mientras, se aplicaron a notificar sanciones y multas con fervor y notable eficiencia.

El misterioso asunto de la cruz en llamas fue trending topic durante todo el fin de semana, divulgado y analizado en informativos y tertulias improvisadas. Nadie tenía ni idea de a qué se debía aquello, por supuesto. Ni siquiera un popular comunicador especializado en temas mistéricos, parapsicología y campos afines se atrevió a adelantar una hipótesis. Había auténtica expectación por conocer la opinión de dos voces: la Iglesia Católica —aunque en forma de aspa, no dejaba de ser una cruz, y en asunto de cruces ya se sabe quién tiene la última palabra—, y la Ciencia. Pero al estar sábado y domingo por medio, de descanso los unos; volcados en las celebraciones eucarísticas los otros, no se esperaba ningún pronunciamiento antes del lunes. Para resumir, diremos que ambos estamentos abordaron el tema con distancia y prudencia, y cierto afán de pasarse la patata caliente el uno al otro, sin tomar partido decidido entre el recurso a la explicación milagrosa o al discurso de las leyes de la Naturaleza para justificar el hecho.

Aunque se repitió durante varias noches en la misma franja horaria, el interés por la aparición fue decreciendo a medida que pasaban los días. La ausencia de una explicación racional clara que situase el debate en un terreno de rigurosidad intelectual hizo que numerosas personalidades de prestigio, que podrían haber prestado empaque a aquel, se mantuviesen al margen, de forma que menudearon elucubraciones delirantes e hipótesis peregrinas. Para cuando dejó de encenderse la cruz en el cielo —el Día de los Inocentes, que tuvo su guasa aquello—, la afluencia de gente por la Plaza Mayor y aledaños había disminuido hasta el volumen habitual de la época. Desde la Corporación Municipal se lamentó la noticia, pues con ese apagón quedaron frustrados los planes que estaban trazándose a toda máquina para incluir el prodigio en el tradicional acto multitudinario con el que la ciudad daba la bienvenida al Año Nuevo, en la cercana Puerta del Sol.

Los trajines y preocupaciones de la vida diaria hicieron que, al advenimiento del segundo portento, a finales de enero del año siguiente, casi nadie se acordase de lo ocurrido en diciembre.

El nuevo evento se presentó en un ámbito reducido al comienzo, aunque se propagó por toda la región, por el fenómeno de capilaridad social que facilita la difusión de las noticias sensacionalistas. Sus primeras manifestaciones se dieron en los barrios de Bilbao y de La Elipa, cercanos al cementerio de La Almudena, el de mayor tamaño de Madrid. Un miércoles en que la ciudad no había salido de una niebla espesísima en toda la jornada, a las seis y media de la tarde, un sonido potente, de origen incierto, se dejó oír en extensas áreas de los distritos antes citados, y se repitió varias veces a lo largo de una hora entera. Algunos vecinos que fueron posteriormente entrevistados en programas de radio o televisión declararon que parecía el sonido de una alarma, pero sin inflexiones. Surgieron hipótesis explicativas que lo vinculaban a la maquinaria empleada en unas obras de mejora del asfaltado de la zona, o a la sirena que indicaba el fin de jornada en alguna de las factorías que pervivían entremezcladas con bloques de viviendas. Tan consuetudinarias conjeturas diluyeron algo la atención prestada al suceso, más allá de los comentarios sobre la casualidad de que un sonido que nadie terminaba de identificar se repitiera a la misma hora cada día, y por el mismo periodo de tiempo. Pero ahí quedaba la cosa.

Tuvo que pasar una semana para que el asunto alcanzase una notoriedad significativa. Fue un hecho vinculado a una antigua tradición de la zona: la llamada del ángel exterminador.

Según se accede a la necrópolis por su puerta principal, uno se encuentra con la capilla donde se reza el responso de despedida a los finados, previo a su inhumación. El edificio está rematado por una cúpula sobre la que reposa la escultura sedente de un ángel con una trompeta en el regazo. Se decía que si alguien la oía sonar, aquello sería señal de su próxima muerte. Fue el capellán del camposanto quien desató el pánico cuando una tarde, demudado el rostro, entró en un bar cercano bajo las modulaciones de ese sonido aún por determinar, con el cuento de que había visto al ángel con la trompeta en los labios, soplando.

El rumor se extendió como la pólvora, y con él, el recuerdo de la leyenda urbana y presagios agoreros. Se hicieron grabaciones, unidades móviles de radio y televisión se desplazaron hasta el lugar para emitir el sonido en directo, y en nada, se hizo costumbre parar la actividad a la hora indicada para escuchar la llamada del ángel heraldo de la justicia divina. En presencia, o a través de las ondas.

Hubo quien en el trompeteo veía una señal del apocalipsis, y quien se lo tomó a choteo, a pesar de lo macabro de su mensaje. Con cada audición fue creciendo el escepticismo o la indiferencia, y la atención inicial empezó a diluirse.

Hasta que un día un periodista se descolgó en una tertulia radiofónica con el cuento de que las cifras de mortandad en la capital habían crecido considerablemente, y respaldó su opinión con unas estadísticas incontestables. Aquello incendió cabeceras y titulares, y extendió la psicosis de una maldición bíblica.

Lo cierto era que la coincidencia helaba la sangre, y no fue hasta que una autoridad de la Consejería de Sanidad compareció en una rueda de prensa urgente para comunicar una noticia que se acababa de contrastar con fuentes de Extremo Oriente que los ánimos se calmaron: el virus de la gripe de ese año había experimentado una mutación que comprometía la eficacia de las vacunas suministradas durante la campaña de otoño. Determinados grupos de riesgo habían quedado desprotegidos frente a la amenaza de la enfermedad, que se estaba cobrando un peaje desusadamente alto de vidas humanas.

Aunque esta aportación tranquilizó un tanto los ánimos de la sociedad, aún quedaba por resolver el asunto del origen del sonido. Una aportación significativa la hizo un presentador de un programa de jazz, un auténtico friqui que sabía hasta qué talla de calzoncillos usaba John Coltrane, que lo identificó como una nota —una sola y precisa nota— tocada por Miles Davis en So What. Aquello concitó el interés de músicos aficionados que convirtieron  la explanada de entrada al cementerio en un lugar de peregrinación donde se reunían para improvisar jam sessions al son de aquella nota. La ciudad había pasado de la advertencia del apocalipsis a la celebración de un hito cultural en dos patadas, demostrando su vigor y flexibilidad para adaptarse a situaciones nuevas.

El aura sobrenatural que aún envolvía el origen del misterio saltó hecho añicos cuando la rumorología local difundió que el capellán visionario había sido diagnosticado de cataratas en ambos ojos, de modo que el pobre hombre apenas veía sombras y bultos. La imagen del ángel soplando la trompeta debió de tratarse de una jugarreta que le gastó su imaginación en un entorno de falta de luminosidad.

Deshojadas las circunstancias aparentemente extraordinarias como si de una alcachofa se tratase, la atención por el fenómeno sonoro fue decayendo de modo irreversible. Las bandas de jazz se cansaron de los periplos iniciáticos a La Elipa para tocar una música que podían interpretar en cualquier otro lugar. Se hubiese tratado de la trompeta del ángel o de una bocina de excavadora, el interés popular por el sonido se diluyó en la irrelevancia. Nadie estaba seguro de haberlo oído de nuevo, pasadas unas pocas fechas.

Al contrario que los dos anteriores, que se habían manifestado en ámbitos geográficos concretos, el tercer caso tuvo un prólogo que se escribió en los cielos de la Comunidad, para después plasmarse en escenarios físicos por toda la capital, y una trascendencia más allá de las noticias locales.

Todo empezó una noche clara de marzo, cuando faltaban pocos días para el inicio de las vacaciones de Semana Santa. Diversos videoaficionados inundaron You Tube con imágenes de puntos brillantes moviéndose en hilera en el cielo. En los comentarios había discrepancias con respecto a su número —desde diez o doce, a más de cincuenta—, pero un acuerdo total en que no se trataba de aeronaves comerciales (¿tantas, tan juntas, siguiendo todas el mismo rumbo?). La prensa seria despachó el asunto en un par de días: se trataba de satélites artificiales de la red Starlink, puestos en órbita por una empresa del magnate Elon Musk para facilitar las comunicaciones por internet. No todo el mundo fue permeable a esa explicación, pero podría decirse que satisfizo mayoritariamente las inquietudes del público en general.

Sin embargo, cuando ya se había producido el retorno de las vacaciones, el martes de Pascua a las diez de la noche, algo vino a interrumpir la normalidad en los hogares madrileños. Cosas de la contraprogramación, esa noche se estrenaban simultáneamente en los distintos canales de televisión programas señalados, como la segunda temporada de una serie que había arrasado con la audiencia en la primera, la película ganadora de seis óscares el año anterior y una telenovela turca de rabiosa moda. Podría decirse que  todo el mundo estaba sentado frente a la tele. A las diez y dos minutos, la señal de todas las cadenas se cayó en la Comunidad de Madrid y en poblaciones cercanas de provincias limítrofes, y volvió pocos segundos después con una imagen común que se pudo ver durante poco más de un minuto. Con la fachada principal de la estación de ferrocarril de Atocha de fondo, un primer plano de un rostro vagamente humano, sin nariz ni orejas, piel escamosa y ojos amarillentos de pupilas verticales, se dirigía a la audiencia en una jerigonza incomprensible. El shock fue tremendo, y a la mañana siguiente se hablaba del asunto por todas partes. Contacto entre civilizaciones, salto interdimensional, invasión marciana… Numerosas hipótesis fueron alumbradas por la retransmisión.

El revuelo que levantó la inserción de esa secuencia, y otras que siguieron en días consecutivos, localizadas en diferentes rincones de la capital, alcanzó dimensiones globales, a medida que se difundieron por todo el planeta. En seguida se desplazaron a Madrid delegaciones de expertos de otros países para estudiar el hecho in situ. En paralelo, se registró un aumento considerable de un turismo de inspiración esotérica, que buscaba el rastro de seres extraordinarios en elementos icónicos de la ciudad que aparecían como telón de fondo de las alocuciones indescifrables de aquel ser. La fuente de Neptuno, el monumento a Colón, la puerta de Alcalá y otros emplazamientos populares desfilaron por las pantallas en el prime time televisivo, con su correspondiente repercusión internacional.

Hubo un momento de pánico en torno al octavo día de retransmisiones, cuando, frente a la plaza de toros de Las Ventas, el aparecido se presentó rodeado de decenas de seres que compartían sus rasgos físicos y vestían una especie de uniforme. La hipótesis del desembarco alienígena se generalizó, y desde diversos ámbitos y medios de comunicación se alzó una voz unánime que reclamaba la actuación de las Fuerzas Armadas para enfrentar el asunto. Congreso y Senado fueron convocados de urgencia para debatir la situación, y adoptar medidas. Muchos madrileños que tenían parientes en pueblos o segundas residencias fuera de la ciudad optaron por un exilio temporal relámpago en espera de ver cómo se solventaba aquello.

La expectación era enorme para la prevista novena aparición. Se habían suspendido todo tipo de permisos a ejército y cuerpos de seguridad, y tropas y agentes de todas las policías estaban acuartelados en espera de acontecimientos. Todos los efectivos técnicos y humanos de los medios de comunicación en todas sus modalidades se habían desplegado por las calles en anticipación de en qué lugar se produciría la comparecencia misteriosa. Hasta ese momento había sido imposible fijar el origen de las transmisiones. A pesar de que se produjesen a una hora fija y de que se ciñesen a un patrón de localización común, lo breve de su duración impedía triangular correctamente la señal. Fue un equipo de La Sexta quienes, por casualidad, sorprendieron a un grupo de chavales ante el arco de Moncloa, provistos de cámaras, focos y ordenadores aprestándose a pinchar la señal de las televisiones para difundir la imagen de uno de ellos caracterizado como el reptiliano antropomórfico que traía a todo el mundo por la calle de la amargura. La noticia se difundió en un tiempo récord, y Madrid volvió a respirar aliviada. Tan solo un puñado de irreductibles ufólogos y expertos en temas paranormales y teorías de la conspiración mantuvieron en pie la tesis de que lo visto por televisión hasta ese momento correspondía a una genuina intervención de origen extraterrestre, siendo la información de la cadena privada de televisión un montaje, una intoxicación. ¿Dónde estaba la explicación, pues, para la procedencia de las figuras uniformadas que fueron retransmitidas mientras campaban a sus anchas por el entorno del coso taurino?

En cualquier caso, los programas de televisión volvieron a emitirse con total normalidad, quienes se habían marchado, volvieron y toda la polémica se olvidó en una semana, archivada como una gamberrada de un grupo de irresponsables.

Cuando parecía que los sucesos anteriores eran ya referencias archivadas en un registro de anécdotas y curiosidades, resultó que aún quedaba a la muy noble, muy leal, etcétera, pasar por una prueba más. Una que sobre el papel podría parecer asunto menor, pero que terminaría por dejar unas muy serias consecuencias, y pondría a prueba la capacidad de respuesta del sistema sanitario de la ciudad. Ambulancias y UVI móviles recorriendo las calles a toda velocidad, con las luces destellando y las sirenas aullando. Personal sanitario doblando turnos. Las unidades coronarias de los principales hospitales, saturadas con un aluvión de pacientes aquejados de infartos y anginas de pecho. Se registró un pico en el número de suicidios y tentativas, y, en los meses siguientes, un notable porcentaje de la población precisaría asistencia psiquiátrica o psicológica. El hecho se produjo el último domingo de abril. Se jugaba la jornada trigésimo quinta del campeonato de Liga de Primera División. En un mismo día aciago, el Fútbol Club Barcelona ganó su partido, asegurándose el título de campeón, a falta de tres encuentros por disputar para que concluyese la temporada, y el club señero de la capital, el Real Madrid, caía derrotado por cero a tres ante el Athletic de Bilbao —una derrota más en un año nefasto—, y certificaba su descenso a Segunda División por primera vez en su historia más que centenaria.

La noticia polarizó la atención de los medios informativos nacionales y extranjeros. Se escribieron extensos y profundos artículos de análisis, y sentidas elegías. Una ONG de origen sospechoso inició una campaña de recogida de firmas para instar una modificación constitucional que permitiese revertir el hecho, amparándose en el valor de símbolo nacional del mentado club de fútbol. Fueron días, en fin, en que la ciudad se sumió en dolor y duelo.

Bueno, toda no. En los hogares de seguidores del Atlético de Madrid, eterno rival del Real, festejamos el acontecimiento descorchando abundantes botellas de Cava. Catalán, por supuesto.

¡Aquello pasaría a la Historia!

LA CREACIÓN EN OCHO CÓMODOS PASOS. JORNADA SEGUNDA

Despertó Yahvé de buen ánimo el segundo día. Pero eso le duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio, con perdón por el anacronismo.

Al ir a bajarse de la cama, vio sus sandalias flotar en tres dedos de agua. 

Se levantó, y comprobó que había agua por todas partes. Aquello era una inundación en toda regla. 

—¡Pues sí que empezamos bien! —se dijo—. La obra recién empezada, y ya tenemos la primera cañería reventada…

»Sin seguro, y sin una compañía suministradora a la que cargarle el mochuelo. En fin, manos a la obra, chico».

Pensó en despertarse para que le echase una mano, pero los ronquidos que salían de la habitación gemela a la suya lo disuadieron. Había prometido avisar cuando hubiese algo visible, y aquello era palabra de él. Ya tendría tajo, ya. En una creación hay tarea para todo el mundo. 

Lo primero era localizar la avería, y repararla. Mientras giraba la inspección, con el agua por los tobillos, se le ocurrieron un par de ideas para poner en práctica algún día: el poder de que las aguas se abriesen ante su presencia, en plan Cecil B. de Mille, o una solución más modesta pero no por ello menos eficaz: la facultad para caminar por la superficie, sin mojarse ni mancharse. «Unas sandalias con suela hinchable… Pues a lo mejor son un éxito, y se venden como rosquillas». 

Pero los efectos especiales o las iniciativas empresariales eran cosa del futuro. Ahora tenía que resolver el embolado si quería seguir creando.

Localizó la avería, un boquete como un puño en una bajante. Con la ayuda de un tutorial en YouTube, hizo una reparación de emergencia —«ya si eso lo mandaré reparar bien cuando haya fontaneros»—, y con fregona, cubo y bayetas se puso a recoger el agua que inundaba los cielos.

Aquello le llevó casi toda la jornada, pero finalmente tenía la queli seca y ordenada.

—La faena es ahí abajo —se contó mientras echaba un vistazo a la tierra, acodado en el alféizar de una ventana—. Como no hay alcantarillado aún está todo perdido de agua. Tendré que hacer algo, pero… 

Reprimió un bostezo de oso, y se dio cuenta de que acababa de activarse el modo noche

—Pero eso será mañana. Buenas noches, mundo. 

Y se fue a dormir. Así acabó la segunda jornada de la creación.

Sombra de fado

Fran Comesaña daba vueltas al menú, indeciso. La tarde, paseando por la orilla del Canal Principal de Aveiro más cercana a su hotel, visitando plazas, jardines, iglesias desperdigadas por un dédalo de callejuelas adoquinadas, lo había traído a la terraza de un establecimiento con ínfulas y nombre de pub inglés: The Iron Duke. En verdad, lo único que lo relacionaba con las Islas Británicas era la pinta de Guinness que bebía.

Estaba cansado. No caminaría más en busca de su cena, decidió al ver una fachada de madera pintada de añil, con carteles tentadores que prometían delicias alcohólicas —beer, wine, spirits— y comida. Un tabladillo hueco de madera soportaba las rústicas mesas y bancos de una terraza, vaga reminiscencia de vecinos que sacasen sillas a las puertas de sus casas para conversar en una noche de verano como esa.

Fran bregaba con la carta. Corta, poco variada: hamburguesas, sándwiches, nachos con queso fundido y guacamole, nuggets de pollo. No terminaba de convencerlo, pero había decidido que cenaría aquí; no se iría a dormir con el estómago vacío.

Acariciaba las tapas de piel negra de una libreta que siempre lo acompañaba. Pensó que esa comida de estilo norteamericano podría sintonizar con su reciente empeño: describir la vida que veía mediante letras de inspiración country, insertas en imaginarias melodías que tarareaba para sí. No era sencillo. La España del siglo XXI no parecía escenario para revivir la mitología que nutre a esa música. Hasta la fecha, sus mayores logros habían sido para los jugadores; perdedores, esposados a máquinas tragaperras que fueron mesas de póquer alguna vez. Retratar a los héroes era más complejo. ¿Acaso un motero repartidor concitaba la épica de un Pony Express?

Ni soñaba con que se grabasen algún día. El contraste con sus textos habituales era radical. El dúo de compositores que formaba con el maestro Josep Bertomeu, responsable de la parte musical, era conocido por baladas románticas estandarizadas, en las que estaban encasillados. Habían probado otros estilos musicales, pero el intento había resultado irrelevante. Fran no veía cómo salir de ahí, si quería seguir ganándose la vida con cierta holgura.

«Decidido. Nachos. ¿Y una hamburguesa…?» Suena su teléfono móvil. Josep Bertomeu. «¿Puedes hablar?» Consiente mientras gesticula hacia la joven camarera que acaba de asomarse a la puerta. Esta asiente, y vuelve al interior por su bloc de comandas y un bolígrafo.

Bertomeu le dice que acaba de recibir una llamada. Aleix Silva, productor musical, especialista en las más melifluas composiciones. Le desafía a que adivine el motivo de la llamada. «Ni idea», y aprovecha mientras su compañero le pone al corriente para cubrir el micrófono del móvil con una mano, y ordenar su cena a la camarera, quien la anota con diligencia.

«Patricio Luis. ¿Te suena?», pregunta Josep. Fran tiene un vago conocimiento de él. ¿Otro cantante latino de moda? Algo así, le confirma Josep. De Puerto Rico, por más señas. Aunque solo se conozca su trayectoria en los últimos dos o tres años, ya había probado suerte en el mundo de la música folk, grabando un par de álbumes de baladas bajo su nombre original, Patrick Pat Lewis. Porque era hijo de estadounidense y madre portorriqueña. Sus primeros trabajos pasaron desapercibidos para el público, hasta que cambió de manager, y el actual lo animó a potenciar su lado latino.

Españolizaron su nombre, y cambiaron su imagen y estilo, potenciando los rasgos hispanos heredados de su madre. Ya ha conseguido algunos éxitos locales por Latinoamérica. En España apenas es conocido aún. Por eso había decidido residir un tiempo allí. Para promocionarse, pulir el idioma y dar un empujón a su carrera en los mercados español y europeo. Fran imaginaba una más de aquellas figuras rebosantes de masculinidad, pelo negro rizado y engominado, piel tostada y unos ojos entre la dureza del macho y la candidez herida del niño, al son de la canción que interpretase.

De la recreación de su estereotipo lo sacó una voz algo altisonante de Bertomeu. «¿Y sabes lo mejor de todo esto? Fran lo ignoraba, naturalmente. Josep se complació en contarle que les habían encargado canciones para el próximo álbum del nuevo portento. En él, aspiraba a presentarse como quien, pese a su juventud, ya hubiese pasado por experiencias desgarradoras, dolorosas, de las que, a corazón abierto, haría partícipe a su público. Historias de amor y desamor, desengaños, promesas rotas. Un nuevo giro en su carrera, tras grabaciones más salseras y desenfadadas. No tenían límite de número para las canciones.

Más compositores habían sido convocados, pero solo se escogerían las mejores. Nadie se casaría con nadie. «Fran: ¡es una oportunidad de oro para meter la cabeza en el mercado latino de Estados Unidos, en Suramérica, y lo que caiga de Europa! Sé que andas de vacaciones por Portugal, pero despliega la antena. Si se te ocurriese alguna idea, anota y comparte conmigo cuanto antes. Yo haré lo mismo con la música. Ya tengo un par de ideas, ¿puedo tocártelas al piano? Esta primera podría servir para estrofas». Música lánguida, quejumbrosa. «Y para estribillos». Más de lo mismo, con un punto repetitivo.  Sonaba bien. Fran le pidió que se lo enviara al móvil, para ver qué podía hacer con ello. Conforme. Acordaron mantener el contacto para comunicarse cualquier idea. Colgaron.

«¡Vaya! Yo queriendo hacer country, y me toca pasarme al latino de urgencia. No me apetece mucho, pero si funciona y da pasta…» En esas reflexiones andaba Fran cuando llegó la camarera con sus nachos. «Comienza tu labor. A ver, aquí tienes una mujer de un estilo que podría valer. ¿Qué te inspira?»

La chica, veintipocos, remitía a una balada. Altura media, complexión esbelta; chispeantes ojos oscuros relucientes en su rostro ovalado. Melena larga, hasta la mitad de la espalda. El pelo cortado a capas, ondulado, oscuro y con alguna mecha que esparcía tonos castaños claros por aquí y por allí. La permanente expresión amable y risueña en su cara hacía parecer que en su interior valorase cada consumición servida como un peldaño ascendido hacia un destino exitoso. Su entusiasmo, empero, no podía apagar del todo una vaga aura de languidez. ¿La famosa saudade portuguesa?

«Bueno, Fran», pensó el letrista mientras masticaba un par de nachos, «¿puedes crear con ella un personaje para una canción romántica?». El toque de languidez —¿o sería una tristeza indefinida?— que había creído ver en ella, evocaba una composición dramática, una pena y un sufrimiento que la rondaban aunque ella no fuese consciente. ¿Algo que ver con los fraseos tocados por Josep? Cuando pudiese escucharlos de nuevo, decidiría.

A partir de ese momento, toda su atención fue para la muchacha. La forma ágil y decidida en que se movía, cómo flameaba su cabellera con cada movimiento de su espigado cuerpo. Sus piernas delgadas ceñidas por unos vaqueros pitillo. Brazos, largos y delicados, torso escueto bajo una camiseta oscura remangada hasta los codos. Gracia y precisión en sus movimientos para tirar una cerveza o llevar una bandeja cargada a una mesa. La sonrisa en sus labios finos; el brillo en sus ojos. Pero él se empeñaba en dotarla de una melancolía imprecisa que se plasmaría en una canción rota, triste. ¿Cómo lograrlo?

Comía sus nachos, plasmaba impresiones en su libreta, bebía su cerveza. Entre dos anotaciones, se fijó en un chico, también joven, acodado en la barra. ¿Un solitario? No del todo. Cada vez que la camarera tenía un hueco en su actividad se paraba a hablar con él. Esboza nuevas especulaciones: ¿un cliente habitual? ¿Un novio? ¿Exploraría esa última posibilidad pensando en la futura canción? El semblante serio del muchacho y sus frecuentes consultas al reloj de pulsera, como si quisiese empujar el tiempo hacia adelante, no parecían casar con el modo en que un enamorado vive el tiempo —siempre escaso— junto a su pareja. ¿Moraría ahí un conflicto?

La sonrisa generosa y los ojos chispeantes dejaron el plato con la hamburguesa sobre su mesa. Ambos jóvenes salieron a la puerta del pub para recostarse contra un muro azulejado, ella con una taza de café en la mano. Un momento de descanso, bien ganado tras el ajetreo anterior. 

En su teléfono móvil, una vibración. La grabación de Bertomeu. Sacó unos pequeños auriculares de un bolsillo, y se dispuso a escucharla. Mientras, los chicos hablaban y ella sorbía su café. Un Mini descapotado, de color rosa con dos bandas negras pintadas sobre el capó, se deslizaba hasta ocupar la embocadura más cercana de la calle, y hacía sonar su bocina una vez. Al volante, una mujer en torno a los cuarenta, media melena rubia, sujeta con diadema de carey, vestido blanco de tirantes, escotado, que daba pábulo a fantasías sobre un busto poderoso, gafas de sol, pese a la escasa luz reinante ya, y labios de rojo húmedo, carnosos y entreabiertos. Mujer madura, pero cuidada y deseable por lo que dejaba ver.

Los dos jóvenes prosiguieron su conversación por un momento más. Ella ya había terminado su café, la taza reposando en el plato, una calada robada a un cigarrillo que él había encendido. La bocina del Mini sonó, impertinente, dos veces más. A continuación, el vehículo reanudó su marcha suavemente, y despareció por una esquina. El muchacho echó un último vistazo al reloj. Debió de decirle a la chica que era hora de irse. Ella dejó taza y platillo sobre el borde de una jardinera, y, con una ternura que pocas veces había visto Fran, tomó entre sus manos las mejillas del joven, y depositó un entregado beso de despedida en sus labios, al que él apenas respondió de modo rutinario, sin alma. Mientras ella llevaba la taza al interior del pub, él apretó el paso camino de la encrucijada por la que acababa de desaparecer el Mini. Su ruta le hacía pasar por delante de la mesa de Fran, y éste habría jurado que su expresión denotaba un intenso esfuerzo por librarse del rastro que el amor recibido de la muchacha hubiera podido imprimir en sus facciones. Aire grave y mirada seria. Impostura de hombre de mayor edad.

Fran no pudo quedarse sentado. Una sospecha, propia de quienes observan la realidad en términos literarios de algún tipo, había inflamado su imaginación. Quería comprobar su hipótesis. Caminó unos pasos tras el muchacho, justo para verlo doblar la esquina, subir al descapotable, y ser recibido por unos brazos en torno a su cuello, y un largo y apasionado beso al que correspondió afanoso. Lo siguiente fue el coche arrancando con un tirón, alejándose a considerable velocidad, sin duda camino de un rincón íntimo que esperaba a aquellos amantes de edades dispares y apetitos parejos.

Mientras Fran volvía a su mesa mascullando algo sobre un mundo miserable, la muchacha cimbreante y siempre sonriente colocaba cubiertos y manteles en una mesa recién ocupada. Parecía envuelta en una nube de felicidad que la sostuviera un par de palmos sobre el suelo. Fran escuchaba la música remitida por Josep. Una vez, otra. Daba un bocado a la hamburguesa; multiplicaba sus anotaciones en la libreta para registrar lo que había presenciado,

Lo contaría. Su oficio era contar historias. Felices o tristes. Imaginadas, o inspiradas por situaciones reales, como esta que tenía entre manos. Lo peor de las historias de desamor reales era verlas tan cerca, tan dolorosamente reales. Un afecto por aquella chica se había despertado en él. Su vitalidad, dulzura y simpatía. Su hermosura, a su estilo de heroína trabajadora. El engaño consumado; tan cercano, completamente ignorado. Escribir sobre ella, lo visto en el Mini, lo que estarían haciendo sus pasajeros, lo enfermaba. El pan ganado con sus letras podía temer un gusto muy amargo. ¡Lástima de amor joven dilapidado!

Pero era letrista. Entregaría palabras. Josep Bertomeu pondría música. De su unión, nacería una canción. Un fado triste, conmovedor para el oyente. Bertomeu tendría que arreglar sus melodías, o componer una nueva en la clave correspondiente. Le quedaba la duda de que la voz de Patricio Luis supiese recrear el desgarro en su pecho al pensar en aquella chica enamorada, traicionada, anónima, de Aveiro.

LA CREACIÓN EN OCHO CÓMODOS PASOS. JORNADA PRIMERA

La situación era bastante peor de lo que cabía imaginar. El caos del que Yahvé se había advertido a sí mismo hacía que todo tuviese la pinta de un parque urbano tras un macrobotellón. Pero todo, todo. Allí había tajo para él, y otros cuantos como él.

Porque de los ángeles, mejor olvidarse. Andaban siempre distraídos revoloteando de acá para allá. Tocando liras y trompetas, y voceando «¡Aleluya!» por cualquier cosa. Hombre, estaban los que habían sido expulsados, que no se andaban con tanto melindre. Pero la cosa estaba muy reciente; seguro que aún había mucho resentimiento.

El solo, pues…

Tentadito se sintió de dejarlo todo tal cual, y allá se las compusiera el… la… No sabía cómo llamar a aquello.

—No sabes cómo llamarlo, ¿eh? Claro. ¿Qué esperabas? Ni he creado nada aún, ni le he puesto nombre.

Lo lógico habría sido recibir una respuesta de sí mismo. Así había sido siempre, y así sería por los siglos de los siglos. Pero esta vez no había funcionado. Él se había retirado a descansar, y se había dicho que no lo molestase hasta que se viera algo hecho. Lo cual nos lleva a una revelación inédita: ese «¿qué esperabas?» fue la primera manifestación de la creación, el kilómetro cero de la misma, y pasaría a los anales de la Historia con el nombre de «pregunta retórica». Es una lástima que no hubiese algún lingüista presente para dar fe, por lo que el descubrimiento del hecho, que no su invención, se retrasaría algún milenio que otro.

Bien, volvamos a la escena original: Yahvé frente a un caos con muy mal aspecto.

—Bueno, pues sí. Me apetece crear el mundo. Pero, visto el panorama, lo que no me apetece es andar limpiando y recogiendo todo el día.

»Así que aunque vaya a darle una primera limpieza a esto, lo primero me voy a hacer un rinconcito para mí. Yo me ocuparé de lo mío, y los que vengan, de lo suyo. Que cada palo aguante su vela».

De este modo tan simple, y tan fácilmente comprensible, resultó una primera división de la realidad, a la que se atribuye el carácter de principio de la creación. Los cielos, por un lado, y la tierra por el otro. También una división primaria entre «arriba» y «abajo» que influiría grandemente en el desarrollo de la Arquitectura y la Sociología. Pero eso es otra historia.

Tras este paso primigenio, se dijo Yahvé que para hacer una labor eficaz ahí abajo necesitaba ver claramente la tarea por realizar. Qué desechos iban a cada contenedor, qué elementos podían recogerse para darles una segunda vida… y qué podría barrer bajo la alfombra, porque, total, nadie iba a verlo y afearle la conducta.

«Arrojemos luz sobre todo esto».

Y la luz se hizo. Abundante y resplandeciente.

Yahvé vio que, con luz, su labor resultaba más eficaz. Mucho más eficaz. Pero, espíritu práctico, se dijo que aquello tendría unos costes, que no serían bajos. Además, que tampoco era plan pasarse todo el tiempo dale que te pego poniendo orden. Así que, de una tacada, se sacó de la manga la tarifa nocturna, y, ya de paso, creó día y noche, para darse un tiempo de descanso razonable. Sin que fuese necesaria la acción sindical. Eran otros tiempos. Se lo apuntó para dedicarle el tiempo conveniente cuando hubiere menester.

Cuando, con un efecto fotogénico de muy notable factura para ser una primera vez, el día se hizo noche, se retiró a sus flamantes cielos —nuevecitos, por estrenar— a disfrutar del reposo. ¿Se avisaba a sí mismo para que al día siguiente, con toda la luz, pudiese ver lo hecho hasta el momento?

No. Le parecía poco aún. Cuando el trabajo estuviese algo más adelantado.

Ahora era momento de cerrar los ojos, y…

Las siete y cinco

(A María López, mi madre, in memoriam. ¿Mayor entrega? Inconcebible).

Ya se ha ido la enfermera, mamá. La que te ha pegado los cables del electrocardiógrafo por el cuerpo. Esa máquina que ha dibujado líneas rectas en un rollo de papel cuadriculado en rosa. Ha mirado el reloj, y ha dicho algo en voz alta, que terminaba con una hora: «las siete menos diez».

 No estaba a gusto, y no la culpo. Me ha dicho que puedo quedarme un momento contigo, mientras el médico prepara los papeles. Le he dicho que sí, claro, y se ha marchado hacia los boxes, entre los traqueteos y chirridos del carrito de metal de la máquina. 

Te tengo cogida la mano. ¡Siempre fría! ¡Tu mala circulación!

Pero ya no estás aquí.

¿Sabes una cosa? Estoy agotado. Ya sabes que duermo mal desde hace tiempo, y que últimamente la cosa va a peor. Que tengo problemas en el trabajo, que no me siento feliz con la vida que llevo, que… 

Pero todo eso ya te lo he dicho. Demasiadas veces. Y si no te lo he dicho, lo imaginas, esa certera intuición de madre que no descansa. Que te hace ver y oír más allá de las cuatro paredes de tu cuarto. No juzgas, no conspiras. «¡Cuídate!», me dices, y en tu mirada leo que estás al cabo de todo.

«¡Cuídate!», y tirabas para adelante como mejor podías. Hasta que de pronto te pusiste tan mala sin decir nada, y te has ido en tres días, como quien dice. ¿Cómo no lo vi venir? ¡Qué abandonada te tenía! 

Pero, ¿por qué te cuento todo esto otra vez, mamá, mientras te aprieto la mano?

Me escuecen los ojos. Necesito cerrarlos un momento. Solo un momento, mamá. Hasta que venga el médico con los papeles y nos separen. 

La tarde está preciosa, mamá. Llena de sol, de luz. Hace calor, aunque ya estemos a mediados de octubre. Es como cuando me llevabas a jugar a los jardines de enfrente de la fábrica de papá. Ya sabes que me gustan más que el otro parque al que vamos, que es todo de tierra dura y rasposa. Aquí hay árboles, bancos, la tierra es más blanda, y se ven las vías del tren. 

¿Oyes ese que se acerca? ¡Voy a verlo desde la verja! ¡Mira, mamá, es un mercancías! ¡Qué largo! ¡Lleva dos locomotoras! Eléctricas. Van pintadas de verde y amarillo. ¡Qué pena que no sea una de esas de carbón, que hacen tanto ruido y lo llenan todo de humo! ¡Pero cómo me gustan! Allá se va, camino de la estación de Delicias. 

¡Vamos a los columpios, mamá! ¡A los que están arriba del todo! Voy corriendo mientras recoges mis juguetes. ¿Has visto qué bonita está la rosaleda, mamá? Llena de rosas. ¡Y qué bien huelen! ¡Date prisa, date prisa, que ya estoy sentado en el columpio! ¡Empuja fuerte! ¡Más fuerte, más…! ¡Cómo vuela! ¡Parece que vas a chocarte con los árboles! ¡Más fuerte, más fuerte! Hasta llegar al cielo…

¿Por qué me bajas del columpio? ¡Me lo estoy pasando muy bien, mamá! ¡No quiero irme! ¡Todavía no es de noche! Pero me llevas a rastras. Me agarras la mano muy fuerte. La muñeca, también. ¡Mamá, me duele! Y aquí también. El pecho. ¡No me aprietes tanto la muñeca, mamá! 

¿Por qué han venido estos señores? ¡Hablan muy deprisa, dicen palabras raras, y hacen mucho ruido! Me da miedo. ¡Ay! ¡Me pinchan! ¡Me dan corrientes! ¡Duele, duele mucho! ¡Me dan golpes en el pecho, como puñetazos! ¡Mamá, mamá…! ¡Esto duele mucho, mamá! ¡Mamá…!

¿Qué? ¿Me he dormido? El jardín… Debe de haber sido un sueño; una pesadilla. ¡Estaba tan cansado! 

Ahora, despertaré, ahora, ahora… ¿A ver? ¿Qué dice ese hombre? “Hora del…” El columpio está balanceándose todavía, vacío, y ahora se hace de noche, muy deprisa. Y tú te vas. ¿A dónde vas, mamá? Soy muy pequeño. Te necesito…

¡Quiero volver, mamá! ¡Quiero que vuelvas a llevarme al columpio! ¡Un poquito más, por favor!  

No quiero seguir oyendo a este señor decir: “…fallecimiento, las siete y cinco”.

LA CREACIÓN EN OCHO CÓMODOS PASOS. PRÓLOGO Y PRELUDIO.

PRÓLOGO.

La historia que aquí se cuenta es antigua. Muy antigua.

Tanto, que, cuando empezó a circular, el Antiguo Testamento era simplemente «Testamento». Nadie había hecho planes para una secuela.

Viene el aviso a cuento de que se ha intentado transcribirla con cierta fidelidad a sus fuentes, aun cuando la fiabilidad de estas no sea plena. No pretenda el lector, pues, interpretarla a la luz de la historiografía moderna, ni tiña su criterio hacia lo narrado con lo que las ciencias han revelado, o las novedades que las escuelas de pensamiento han introducido. Es lo que es, y no aspira a más.

¿Estamos? Pues al tema…

PRELUDIO.

Debía de ser la hora de la puesta de sol. Eso estimamos, pues no había sol, cielo, ni nada. Yahvé estaba sentado en lo que podría haber sido una nube. Ante él, una extensión enorme, oscura y vacía.

—Pues, ¿ves? Esto, le pones un poco de luz directa, un paisaje apañado, y tendríamos un mundo.

—¡Anda! ¿Y por qué no te animas, y lo creas? —se respondió a sí mismo, cambiando la voz—. ¿Acaso no eres todopoderoso?

Se sobresaltó Yahvé al oír su pensamiento en otra voz. El hecho de estar tan solo no ayudaba, precisamente.

«Sí. Yo tiene razón. Debería ponerme a crear algo. Me serviría de entretenimiento, y lo que crease me haría compañía. Así no tendría que hablar solo con este…»

—Despacito, majete. Que me entero de todo, recuerda.

»A ver, de pronto te doy un soplo, te parece una idea guay, y quieres adueñarte de ella, y darme de lado. ¿Es eso?»

—No, no qué va. Tengo una eternidad para nosotros. ¿O es tenemos una eternidad para mí? Bueno, lo que sea, que me hago un lío.

»Lo que quiero decir es que por mucho que cree, luego los elementos del mundo, los seres vivos y las plantas, etcétera, necesitan tiempo para desarrollarse, y ser lo suficientemente interactivos para dar compañía. Siempre será bienvenida tu presencia, ¡caramba!

»Además, mi plan es hacerlo a lo grande. Vamos, que tú y yo voy a estar entretenido con tanto bicho en el mar, la tierra y el cielo».

—Espera. ¿Has dicho mar, tierra y cielo? ¿Qué son esas cosas?

—Pues son, pues son… A ver, lo tengo en la cabeza, pero no sé explicarlo. Es algo muy intuitivo, ¿sabes?

—Ya… Tú y tus intuiciones. ¡Mira que, pese a ser el mismo, no siempre te pillo lo que quieres decir! Como si fueses un paso o dos por delante.

»Vamos a hacer una cosa. Como me ha picado la curiosidad, te dejo un tiempo para ti solito, y empiezas a crear. Y cuando tengas algo, me avisas, me cuentas lo que has hecho, y por qué, y lo comentamos, ¿quieres?»

—Venga, sí. Vale.

—Ahora, que lo primero que tendrás que hacer es arremangarte y organizar un poco el cotarro. El caos desluce mucho.

—Tienes razón. Pues mira, doy una cabezadita, y me pongo a ello. Aunque esté cansado —esto de que te pinten como un anciano es una triste gracia—, no tengo mucho sueño. Y me pica la curiosidad por ver el mundo que imagino.

—Muy bien. Yo me voy al sobre mientras, porque sí tengo sueño. Ayó.

—Ayó. Te aviso cuando tenga algo.

Pero ya se había ido, y reinaban el silencio y la soledad.